lunes, 8 de junio de 2009

Sor Maria de Jesus de Agreda

LA DAMA AZUL


Pocos años despues del descubrimiento de América, muchos religiosos se aventuraron por las tierras del Nuevo Mundo, para llevar la palabra de dios a los indigenas. Esperaban que les recibieran con gran hostilidad e incluso temian por sus vidas, sin embargo confiando en que dios les brindaria su proteccion divina se embarcaron en aquella tarea imposible. Cuando se encontraron con los primeros indigenas en la zona de sonora en Mexico (Tierra con mucha tradicion chamanica) los sacerdotes se sorprendieron al encontrarse que los nativos les recibian amistosamente y les pedian que les bautizaran, les mostraban rudimentarias cruces de madera creadas por ellos mismos y les hablaron de una extraña Dama de manto Azul que les habia adoctrinado en la religion cristiana.

Finalmente se identificó a dicha Dama Azul, la cual era una monja de un convento de España conocida como Sor Maria de Jesus de Agreda que sufria frecuentes episodios de trances y fenomenos como la levitacion, al parecer nunca abandonó el convento pero sin embargo gracias a la proyeccion Astral se dedicó durante años a recorrer toda america evangelizando a los nativos del nuevo mundo.
Además fué una figura muy importante en aquella epoca pues mantenia asidua correspondencia con muchos personajes importantes como el propio Rey de españa Felipe IV.


MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA 1602 - 1665

Sor María de Jesús nació en Ágreda (Soria) en 1602, y murióallí mismo en 1665.
Célebre religiosa, confidente y consejera de Felipe IV, fundadora y escritora. Se llamaba en el mundo María Coronel y Arana y en religión María de Jesús, pero fue conocida por el nombre de su ciudad natal. Perteneció a una familia hidalga y de extremada religiosidad, hasta tal punto que, cuando María tenía dieciséis años, padres e hijos abandonan el mundo y abrazan la vida religiosa; su propia casa quedó convertida en convento y en ella continúa con su madre y su hermana. Fue adquiriendo fama de santidad y de ser favorecida con revelaciones sobrenaturales y, antes de cumplir los veinticinco años, era elegida abadesa, dispensándole el Papa la falta de edad. Con recursos de la caridad fundó en las afueras de la villa el monasterio de la Inmaculada Concepción, al que se traslada la comunidad en 1633. La fama de sus virtudes y sabiduría movieron a Felipe IV a visitarla cuando en 1643 pasaba hacia Aragón con motivo de la guerra de Cataluña.


La situación de España era crítica y el rey debió encontrar consuelo en la conversación de la abadesa, solicitando una amistad epistolar que con gran sigilo y puntualidad había de durar hasta la muerte de la monja. En esta correspondencia, de la que hizo copia por mandato de su confesor, no sólo levanta el espíritu apocado del rey y le da consuelos de perfección espiritual, sino que trata de los asuntos más arduos de la gobernación del reino. Trabaja en pro y en contra de validos,
aconseja campañas y provoca medidas públicas. Abarca resueltamente la cuestión del gobierno del Conde-Duque de Olivares, al que censura con energía como perturbador de la paz del Estado, y recuerda al rey la obligación que tenía de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos. Cuando durante la guerra de Cataluña estuvo el monarca a punto de indisponerse con Aragón, por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, le aconseja con buen criterio que aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverle con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». En política exterior es partidaria de la paz.
Durante las negociaciones en Münster y Osnabruck, que habían de culminar en la paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para ocuparse con todas sus fuerzas en el problema de Portugal, y hasta escribió al Papa Alejandro VII solicitando su mediación en favor de la concordia entre los príncipes cristianos.


A pesar de que el rey, según sus propias palabras, sigue siempre que puede los consejos de Sor María, no conviene suponer demasiado grande el alcance efectivo de su influencia, ya que sus consejos, cuando no brotan del buen sentido popular, son lugares comunes políticos, teológicos y morales que el rey hubiera podido recibir de otra persona cualquiera capaz de captar el ambiente.


En el orden místico sus ideas fueron elevadas y dentro de la más firme ortodoxia, pero se vio envuelta por la Inquisición en un proceso, del que salió absuelta con las más favorables censuras, en 1650, y la Sorbona de París llegó a condenar varias proposiciones de sus libros. El más notable de sus escritos religiosos es La Mística Ciudad de Dios, una historia de la Virgen en la que están resumidas las más importantes de sus tesis teológicas, el dogma de la Inmaculada y la infalibilidad pontificia. Acerca de esta obra se entabló
apasionada controversia que duró más de un siglo.


Desde el punto de vista histórico, es de sumo interés su correspondencia con el rey, publicada por Francisco Silvela, precedida de un bosquejo histórico, en el que va encajando la actuación de Sor María (Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del rey don Felipe IV, Madrid, 1885). «En ellas no sólo se alcanzan pormenores de la mayor importancia sobre personajes y sucesos de aquel tiempo, sino que se descubre también en sus más íntimos repliegues el carácter moral del monarca, completándose con nuevas perspectivas el cuadro de la corte y de la sociedad española en el siglo XVII» (Sánchez Toca, Felipe IV y Sor María de Ágreda, Madrid, 1887, pág. 201).


[Justa de la Villa, en AA. VV.,
Diccionario de Historia de España. Madrid, Revista de
Occidente, 1952, Tomo I, pp. 54-55].


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VENERABLE MARÍA DE
JESÚS DE ÁGREDA

Abadesa, franciscana concepcionista


por José A. Martínez Puche


Nació en Ágreda (Soria, España), el 2 de abril de 1602, y murió así mismo en Ágreda el 24 de mayo de 1665.


María Coronel y Arana -éste era su nombre original- nació en la histórica ciudad soriana de Ágreda, en el seno de una familia de rancio abolengo político y no menos cristiano. Sus padres, Francisco y Catalina, eran profundamente cristianos, de honda religiosidad franciscana. Tuvieron dos hijos y dos hijas. Y los seis miembros de la familia abandonaron el mundo y sus comodidades y abrazaron la vida religiosa en la familia franciscana.


Francisco, el padre, con sus dos hijos, Francisco y José, profesaron en el convento de San Antonio de Nalda (La Rioja), en la provincia franciscana de Burgos. La madre, Catalina, con sus dos hijas -María tenía sólo dieciséis años- abrazaron la vida monástica en el monasterio que construyeron en su propia casa-palacio, bajo la regla de la Orden de Concepcionistas Franciscanas, en 1620. Este gesto de las mujeres de la familia Coronel y Arana evoca el origen de la misma orden: Santa Beatriz de Silva, cuando abandonó el monasterio de Santo Domingo de Toledo, donde hacía vida retirada con las dominicas, en 1484, y fundó el primer monasterio concepcionista en los palacios de Galiana, que le había cedido la reina Isabel la Católica.


A los seis años de iniciar la vida monástica, María Coronel y Arana -sor María de Jesús de Ágreda- fue elegida abadesa. Excepto el trienio 1652-1655, desde 1627 hasta su muerte, María de Jesús fue la abadesa del monasterio, lo que indica que el Señor le concedió dotes de gobierno. Simultaneaba la dirección de la comunidad con la redacción de libros, que tanta importancia, y tantos problemas, darían a la abadesa de Ágreda.


La fama de la docta abadesa sor María de Jesús llegó al rey de España, Felipe IV (1606-1665), un monarca mecenas de grandes artistas, pero de escasa voluntad y débil temperamento, que dejó las máximas responsabilidades del gobierno en manos del ambicioso Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. En uno de sus momentos de incertidumbre y abatimiento no sólo político, sino también religioso, el rey acudió al monasterio de Ágreda, el 10 de julio de 1627, a solicitar los consejos de sor María de Jesús. Y, a partir de entonces, hubo una interesante correspondencia epistolar, que en 1885-1886 se publicaría en Madrid, con el título de Cartas de la Venerable Madre Sor María de Jesús de Ágreda y del Señor Rey Don Felipe IV (2 volúmenes).


El temario de las cartas abarca todo el espectro político al que había de hacer frente el rey, ya con la ayuda de quien lo tuvo dominado hasta caer en desgracia en 1643 (Gaspar de Guzmán), ya con la del sucesor del conde-duque, Luis de Haro. Al pobre monarca, que había iniciado su reinado a los dieciséis años, no le faltaron problemas de toda índole: desde su propia debilidad moral hasta su falta de dotes de gobierno, que -con el aislado triunfo en la rendición de Breda que inmortalizara Velázquez en su famoso cuadro de las lanzas- fueron sumándole desastre tras desastre y pérdidas progresivas de territorios, en la península y en Europa. Los consejos de sor María de Jesús, que desde su celda
seguía los avatares de su época, no fueron suficientes para orientar ni la vida ni los matrimonios del rey, que cayó en una gran impopularidad, ni sus funciones de gobierno, que terminaron en el más lamentable fracaso histórico.


No tuvo mayor fortuna sor María de Jesús con sus obras, algunas de ellas inéditas (Meditaciones sobre la pasión de Nuestro Señor y ejercicios quotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección, Las Sabatinas, Pláticas del cumplimiento de la voluntad de Dios...), y la más famosa, póstuma y condenada: Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia. Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios, editada en
Madrid en 1670, en cuatro volúmenes. Esta obra, traducida a los principales idiomas modernos, e incluso al griego, al árabe, al croata y otros, hizo que la abadesa de Ágreda fuera pronto conocida fuera de España. Pero el carácter sobrenatural que daba a su escrito hizo que los guardianes de la ortodoxia se pusieran en guardia y analizaran con lupa sus afirmaciones. Primero, la Inquisición Española (1672), luego la condenación por parte del Santo Oficio (1681) y hasta de la Universidad de París (1696), para terminar incluida en el índice de libros prohibidos en 1713.


Pero afortunadamente de todo este calvario la libró el Señor. Sor María de Jesús moría santamente en su monasterio de Ágreda el 24 de mayo de 1665.


La gran obra mariana de sor María de Jesús, así como las de índole ascética y mística, reflejan la personalidad espiritual de una monja que tomó muy en serio su vida de consagración a Dios, su deber de orientar la espiritualidad de la comunidad que el Señor le confió, y su discernimiento de las cosas del mundo desde la perspectiva del Evangelio. Para los que la conocieron y para las gentes de su tiempo, María de Jesús era una santa, un ejemplo de vida cristiana
llevada a sus últimas consecuencias. Por eso, el 28 de enero de 1673, el papa Clemente X introducía la causa de canonización. Pasó un siglo en el que la obra de sor María de Jesús fue objeto de las máximas condenas, lo cual no fue obstáculo para que en 1774 Benedicto XIV aprobara el proceso canónico de las virtudes en general de la Sierva de Dios, y el 31 de marzo de 1756 las virtudes en especial, que declaraban Venerable a sor María de Jesús de Ágreda. Pero el proceso no siguió su curso. Ahí queda el testimonio de una vida ejemplar y los buenos consejos y consideraciones de una escritora espiritual, para quien la Virgen Inmaculada era el centro de su vida, consagrada plenamente a su esposo, Jesucristo.


[En Nuevo Año Cristiano. 5. Mayo. Madrid, Edibesa, 2001, pp. 456-459].


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SOR MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA

por Isaac Vázquez, ofm


Nació en Ágreda (Soria) el 2 de abril de 1602, y murió también en Ágreda el 24 de mayo de 1665. Monja concepcionista, escritora, venerable.


En el siglo María Coronel y Arana, nació en el seno de una hidalga y religiosísima familia; su padre, Francisco, y sus dos hermanos, Francisco y José, entraron en el convento franciscano de San Antonio de Nalda (La Rioja), de la provincia franciscana de Burgos; ella, en edad de dieciséis años, junto con su madre Catalina y la única hermana que le quedaba, profesaron la regla de las franciscanas concepcionistas en el monasterio construido en su misma casa. Elegida abadesa (1627), desempeñó el cargo, con intervalo de un trienio (1652-55), hasta su muerte. Más que a sus dotes de gobierno y a sus elevadas virtudes debe su fama a su obra póstuma Mística Ciudad Dios (MCD) y a sus relaciones con Felipe IV, relaciones que se inician con la visita que el monarca hizo personalmente a Ágreda (10-VII-1643) y duran hasta la muerte. Desde la celda de su monasterio y a través de un interesantísimo epistolario, la
religiosa orienta y aconseja al apocado monarca sobre los asuntos más variados del reino: guerras de Cataluña, conducta y política de los validos, sobre todo del Conde-Duque, paz con Francia, emancipación de Portugal, etc.


A los ocho años de su muerte, en 28-I-1673, bajo Clemente X fue introducido en Roma el proceso de su beatificación; Benedicto XIV aprobó el proceso de sus virtudes in genere (20-V-1744) y también in specie (31-III-1756). El proceso, sin embargo, quedó paralizado a causa de las dificultades surgidas en torno a sus escritos, no obstante las reiteradas y potentes instancias que se han cursado a Roma en diversas ocasiones hasta nuestros días.


OBRAS: Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia. Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios, 4 vols., Madrid 1670. Ediciones y traducciones incluso en griego, árabe, croata, flamenco, polaco. La índole sobrenatural que la autora atribuía a su doctrina y los temas candentes -como el de la Inmaculada Concepción- que trataba, suscitaron inmensas dificultades a dicha obra, la cual cayó en la Inquisición española (1672), fue condenada por el Santo Oficio de Roma (1681), por la Sorbona (1696), e incluida en el Indice (1713). Los reyes de España obtuvieron varias veces la suspensión de los decretos romanos. Otras obras: Escala para subir a la perfección; Pláticas del cumplimiento de la voluntad de Dios; Las Sabatinas; Cartas a Felipe IV; Meditaciones sobre la pasión Nuestro Señor y ejercicios quotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección; las cinco últimas, y otras varias,
inéditas. Autobiografía, últ. ed. por S. Ozcoidi y Udave, vol. 5 de MCD, Barcelona 1914, 18-101. Cartas de la ven. Madre Sor... y del Señor Rey Don Felipe IV, 2 vols., Madrid 1885-86. Tirasonen. Beatificationis et canonizationis Ven. ancillae Dei Sororis Maria a Iesu de Agreda, Roma 1730.


[Cf. Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Q. Aldea (dir), I, Madrid 1972, 14].


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MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA

por Baldomero Jiménez Duque



VSPACE="5">VIDA. María Coronel y Arana (en religión, María de Jesús) nace en Ágreda (Soria) el 2 de abril de 1602. Vive siempre en su pueblo natal. Y allí, en el monasterio de concepcionistas franciscanas fundado por su familia, es religiosa y abadesa, y en él muere asistida por Alonso de Salizanes, general de los franciscanos, el 24 de mayo de 1665, día de Pentecostés, hora de tercia; sus últimas palabras: «Ven, ven...». Su marco externo de acción no pudo ser más cerrado. Su formación y su clima espiritual le fue proporcionado por los franciscanos que allí tenían el convento de San Julián. Ellos la atendieron siempre en vida y la defendieron calurosamente después de muerta.


María de Jesús de Ágreda, es, indiscutiblemente, la figura espiritual más interesante de la España del siglo XVII. Es el gran exponente de la espiritualidad del barroco, entonces en todo su furor. Sus valores humanos fueron extraordinarios. De ascendencia judía por vía paterna, fue de voluntad generosa, inteligente, imaginación creadora, gran capacidad de asimilación y facilidad para escribir. Su virtud ha sido reconocida por todos: oración intensa, penitencias, pobreza, caridad y celo apasionado por los demás, etc. Los fenómenos externos (por ejemplo, éxtasis) la hicieron pronto célebre. Sobre todo sus «apariciones» en Nuevo México y Texas, en donde evangelizaba y enviaba a los indios a pedir el bautismo a los misioneros franciscanos («La dama azul de los llanos»). La Inquisición tomó cartas en el asunto (1635), e hizo un proceso formal sobre el mismo (1649-50) con resultado favorable para la monja. La xplicación no deja de ser complicada, pero los datos son serios e impresionantes.


Desde 1643 hasta la muerte de ambos en 1665, sor María de Jesús y Felipe IV intercambiaron una larga correspondencia (se conservan más de 300 cartas de cada uno). El rey, hombre sin voluntad, recurrió a la monja buscando un apoyo sobrenatural para tratar de resolver problemas humanamente mal llevados. Aquí es donde la lucidez de sor María de Jesús aparece magnífica.
Insiste, claro está, en los consejos de orden espiritual (fe, oración, costumbres cristianas, etc.), pero tanto y más en los de orden temporal, en la debida utilización de las causas segundas (prudencia política, respeto de los fueros regionales, rapidez en los negocios, prescindir de los validos, atender a los pobres, a la economía, a la paz entre los cristianos, etc.). Parece que algo influyeron estos consejos en el ánimo indolente del Rey. En todo caso, la intervención de María de Ágreda, tan delicada y comprometida, es demostrativa de su alta capacidad.


ESCRITOS. María de Jesús fue fecunda escritora. Ya hemos hablado de su correspondencia con Felipe IV, pero además mantuvo mucha con toda clase de gentes a lo largo de su vida que en parte todavía se conserva. También se conservan varios ejercicios piadosos (compuestos para uso de ella misma y de las monjas de su monasterio) y obras doctrinales: Escala para subir a la perfección, Leyes de la Esposa, Autobiografía (incompleta), Opúsculos y, sobre todo, la Mística Ciudad de Dios, que ha sido muy discutida. La escribió, al parecer, después de 1637, pero la destruyó en
1649, quizá por temor a la Inquisición. Después la rehízo de nuevo, terminándola en 1660. El tema es la « historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios... dictada y manifestada... por la misma señora a su esclava sor María de Jesús». (La primera redacción decía «revelada» a ...). ¿Por qué tal discusión? Las acusaciones pueden reducirse a las siguientes: marianismo a ultranza; utilización e invención de datos legendarios; pretensiones de «dictado» o «revelado» celestial. En seguida volveremos sobre ellas.


La historia de los hechos, en resumen, es la siguiente: La obra aparecía por primera vez en Madrid en 1670, editada y presentada por J. Jiménez Samaniego, franciscano. Las ediciones y traducciones han sido numerosas; la última en cinco volúmenes, 1911-14 [con posterioridad, la preparada por C. Solaguren y publicada en Madrid el año 1970; de ella tomamos el artículo siguiente], es la primera hecha sin retoques y según los originales del archivo de Ágreda. En 1674 la obra es delatada a la Inquisición española, que da su aprobación en 1686. Entre tanto también se la denuncia en Roma, que la prohíbe y pone en el Indice en 1681. Pero esta decisión queda en suspenso el mismo año por intervención de Carlos II ante Inocencio XI. Alejandro VII en 1690, e Inocencio XII en 1692 y 1696 contestan favorablemente ante nuevos rumores contrarios, pero en 1696 la Sorbona condena solemnemente la obra. La controversia se exacerba hasta el máximo. Las universidades españolas contestan aprobando la obra. La gran influencia, en contra, y, más tarde, la del agustino E. Amort y otros, dan resultados. La causa de beatificación de la venerable, iniciada inmediatamente espués de su muerte, queda estancada. Antes, en 1771, se había dado un decreto declarando que la obra era de la Madre Ágreda -se habían suscitado también dudas sobre su autenticidad-, y el 27 de abril de 1773 la lectura de un documento de Benedicto XIV para, definitivamente, la causa. Los esfuerzos realizados después han sido, hasta ahora, vanos.


Hoy nos parecen las cosas más sencillas. El marianismo de sor María de Jesús es, ciertamente, excesivo. Pero algunas de sus tesis, la principal (estamos en el s. XVII español), la de la Inmaculada Concepción de María, es hoy dogma de fe. En cuanto a los datos externos, minuciosos, muchas veces pintorescos, con que cuenta la vida de María, así como sus aseveraciones de dictado celestial, no hay que tomarlos con demasiada pasión. El místico puede recibir toques realmente divinos que él, luego, traduce a su psicología según su propio archivo conceptual e imaginativo, máxime cuando éste es muy rico y fácil a la exaltación y al entusiasmo. Por eso aparecen
reminiscencias de pláticas, de lecturas, etc., sin que sea todo, ni mucho menos, precisamente divino. Ella misma matiza, con gran penetración, el cómo de esas manifestaciones más o menos divinas (cfr. l. I, c. 2, ed. cit. I, 31-40). Según eso no hay que extrañarse por encontrar allí influencias escotistas (¿hasta qué punto la ayudaron los franciscanos F. de la Torre, A. de Fuenmayor, P. Manero, y otros?), ni de leyendas apócrifas, más o menos inconscientemente amplificadas por su misma imaginación. Lo interesante y aprovechable es la doctrina mística (y ascética) segura y ortodoxa, que a propósito de la Virgen y como dicho por ella, nos ofrece la autora sobre la vida espiritual. Y todo ello con un estilo imaginativo y a la vez ordenado, con bastante tecnicismo escolar, un tanto difuso y amanerado, muy distinto de la gracia y abandono de Sta. Teresa de Jesús. Su
influencia ha sido grande hasta el s. XIX y todavía, recientemente, en
la vida y escritos de Ángeles Sorazu. Hoy es inexistente, pues el estilo
de su espiritualidad choca con el de la espiritualidad actual. La obra rítica moderna sobre María de Jesús de Ágreda y sus escritos todavía está por hacer.


OBRAS. Mística Ciudad de
Dios
, 5 vol., Barcelona 1911-14; [Mística Ciudad de Dios,
Texto conforme al autógrafo original. Introducción, notas y
edición por Celestino Solaguren, Madrid 1970, reimpresión 1982;
cf., más abajo, el artículo siguiente]; Escala,
Barcelona 1915; Leyes de la Esposa, 2 vol., Barcelona 1916-1920;
Ejercicios de virtudes..., s. a.; Ejercicios espirituales de
retiro
, Pamplona 1769; Ejercicio cotidiano..., Barcelona 1879. La
autobiografía incompleta se publicó prácticamente como t.
V de la ed. barcelonesa de la Mística Ciudad de Dios, antes
citada, 1914. Las Cartas de Sor María de Ágreda y Felipe
IV
, publicadas primero por F. Silvela, 2 vol., Madrid 1885, han sido
reeditadas y ampliadas por otras cartas y documentos por C. Seco Serrano, 2
vol., Madrid 1958.


ESTUDIOS. J. J. Samaniego,
Vida, en la 1ª ed. de la Mística Ciudad de Dios;
F. Silvela, Bosquejo histórico, al frente de su ed. de las
Cartas; J. Sánchez Toca, Felipe IV y Sor María de
Ágreda
, Madrid 1887; C. Seco Serrano, Introducción,
en su ed. de las Cartas; etc. etc.


[En Gran Enciclopedia Rialp. Tomo I.
Madrid 1971, págs. 360-361]


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SOR MARÍA DE
JESÚS DE ÁGREDA (1602-1665)


por Celestino Solaguren, ofm


Ágreda es una vieja villa castellana, perteneciente a la provincia de Soria, que confina con Aragón y se halla asimismo muy cerca del límite de Navarra. Se encuentra, por tanto, enclavada en el confín de tres reinos históricos de España, en las estribaciones del Moncayo. Hasta los últimos reajustes de diócesis perteneció a la de Tarazona. Actualmente cuenta con unos 5.000 habitantes.


En la Edad Media convivieron dentro de la villa clientes de las tres religiones monoteístas. Aún se señalan en Ágreda los que fueron barrio moro y judío, así como el edificio que sirvió de sinagoga.


Venerable Sor María de Jesús, llamada muy comúnmente la Madre Ágreda, ha hecho célebre en el mundo el nombre de Ágreda. Aquí, en efecto, nació, vivió y murió, sin que jamás hubiera salido de los términos de la villa.


INFANCIA Y JUVENTUD


Los padres de Sor María fueron Francisco Coronel y Catalina de Arana. Esta, nacida también en Ágreda, era oriunda de Vizcaya, como nos lo recuerda la misma Venerable.[1] Efectivamente, en el convento de Ágreda se conserva todavía el documento de hidalguía de los Arana, de 1540.


El matrimonio Francisco-Catalina tuvo once hijos, pero siete murieron en edad temprana. Sólo sobrevivieron dos hijos y dos hijas. He aquí los nombres de los cuatro: Francisco, José, María y Jerónima.


Sobre sus padres, modo de ser de ellos,
costumbres, etc., la misma Venerable nos ha dejado una semblanza. De la madre
dice que era más oficiosa y viva de natural que el padre (RA 41). Ambos,
extremadamente religiosos (RA 37ss).


La familia Coronel-Arana se relacionaba
mucho con los franciscanos de San Julián; así se llamaba el
antiguo convento franciscano que estaba situado en las afueras de la villa. La
madre tenía allí su confesor y acudía a diario a
oír misa a la iglesia del convento. Casi no pasaba día sin que
frailes franciscanos visitasen a la familia (RA 46-47).


La Venerable confiesa que ella, en su
primera infancia, parecía un tanto apocada e inútil, y con el fin
de que espabilara, su madre le trataba con dureza. «Con verdad puedo decir
que en mi vida les vi [a los padres] el rostro sereno hasta después de
religiosa» (RA 98). La explicación que Sor María nos da de
este comportamiento suyo en su primera infancia es muy otra de la que sus
buenos padres podían alcanzar. Nos dice, en efecto, que en edad que ella
no puede precisar, pero que debió de coincidir con el despuntar del uso
de razón, sin que precediera información exterior ni
enseñanza de criaturas, porque aún no tenía edad para
ello, recibió una noticia de Dios, del mundo, del estado pecador del
hombre, etcétera, cuyos efectos le habían de durar toda la vida
(RA 82ss).


Como efecto de aquella noticia concibió un temor que jamás le abandonó: temor de ofender a Dios y perder la gracia. Al cesar la enseñanza pasiva quedó como suspensa. Se veía rodeada de peligros, repleta de miserias, no osaba hablar con las criaturas, a todas reputaba superiores. El conocimiento propio le aterraba, iba a los lugares ocultos. Por todo ello los padres la juzgaban insensata e inútil, y le daban el trato áspero que hemos dicho. «¿Qué hemos de hacer de esta criatura que no ha de ser para el mundo ni para la religión?» (RA 99)


A todo ello se agregaron diversas enfermedades, que a los trece años de edad la pusieron a las puertas de la muerte: «Se hizo la cera para mi entierro», dice ella (RA 99). Pero todos los padecimientos los sobrellevaba con gran entereza por el conocimiento que tenía de ser hija de una raza pecadora, obligada a satisfacer a Dios por sus pecados. «Maravillábanse los médicos de que pudiese llevar tan crueles males con tan débiles fuerzas y sin quejarme» (RA 100).


Aunque al principio la despreciaban y reñían por su desaseo y poco aliño,[2] pero pronto empezaron a respetarla, pues aprendió a leer con presteza, era obediente, etc.


Cuando cumplió los doce años de edad empezó a tratar de ingresar religiosa. La primera idea fue que tomase el hábito en las carmelitas descalzas de Tarazona, y sus padres andaban ya dando los pasos para ello cuando sobrevino una circunstancia totalmente imprevista, que había de cambiar el rumbo de su vida.


La madre de la Venerable, Catalina de Arana, tuvo evelación, confirmada por su confesor, Fr. Juan de Torrecilla, según la cual debían transformar la casa en convento e ingresar en él como religiosas la propia madre con sus dos hijas, mientras el padre y los dos hijos entraban de religiosos en la Orden de San Francisco. En realidad los dos hijos varones eran ya religiosos en dicha Orden. Ante esto, María dio su conformidad al nuevo plan y desistió de ir a Tarazona. Pero la idea era tan disonante, que chocó con la resistencia del padre de familia, y más todavía con la de un hermano de éste, Medel. La oposición del vecindario en un principio fue también general. Decían que «era agravio del santo matrimonio» (RA 52).


Así transcurrieron tres años. No obstante, poco a poco se vencieron las oposiciones y dificultades; el padre cambió de parecer, y en 1618, hechas algunas reformas previas, la casa de Francisco Coronel se transformó en convento de monjas. Francisco, a quien siguió después su hermano Medel, ingresó franciscano en calidad de hermano lego en el convento de Nalda (Soria).


El tiempo que transcurrió hasta que
el proyecto de la nueva fundación se plasmó en realidad, Sor
María lo considera como su época de disipación. Los
acaloramientos en torno al proyecto, las obras, etc., la distrajeron y
disiparon un tanto en su vida espiritual y hasta cedió a la
tentación de vanidad.[3]


El nuevo convento había de ser de la
Orden de la Inmaculada Concepción. Sin duda, el fervor inmaculista, que
en España conocía entonces uno de sus mejores momentos, fue la
causa de esta preferencia. Pero entre las Concepcionistas había dos
ramas: una de calzadas y otra de descalzas. Madre e hijas se decidieron por el
instituto de descalzas. Mas como en el área de la Provincia franciscana
de Burgos, a la que pertenecía la fundación de Ágreda, no
había Concepcionistas descalzas, sino sólo calzadas, se
cometió la anomalía de traer de Burgos tres monjas
Concepcionistas de las calzadas en calidad de fundadoras de un convento que
había de ser de la rama descalza. Por esta razón dirá Sor
María que la fundación no tuvo buen principio, pues las
fundadoras venidas de Burgos tenían que enseñar un modo de vida
que ellas no habían profesado ni practicado.[4]


Dieciséis años tenía Sor María cuando tomó el hábito, juntamente con su madre y hermana. Pronto hubo nuevas vocaciones. En esta primera época la abadesa era de las venidas de Burgos en calidad de fundadoras.


Una vez vestido el hábito, Sor María reacciona contra la disipación anterior y se entrega toda a la vida espiritual. Hecha la profesión en 1620, comienza en su vida un período de enfermedades, tentaciones y extraordinarios trabajos, que será seguido por otro de fenómenos espirituales resonantes.


LAS
EXTERIORIDADES


Cuando Sor María tenía dieciocho años, o sea el año siguiente de su profesión, comienzan a tener lugar en su vida ciertos fenómenos místicos resonantes, a los que se dio indiscreta publicidad, sin ella quererlo ni saberlo. Uno de los confesores que tuvo por este tiempo fue el antedicho Fr. Juan de Torrecilla. De él dice la Venerable que era más bueno que cauteloso (RA 120). Sor María padecía con frecuencia éxtasis, arrobos y raptos, fenómenos de levitación, ingravidez, etc., y acudía mucha gente a verla en este estado. Las monjas -por entonces gobernaban la comunidad las venidas de Burgos-, lejos de impedirlo, fomentaban la exhibición.


«Y llegó mi desgracia -escribe Sor María- a que después de comulgar me alzaran el velo y me vieran algunos seglares. Y como esto de arrobos hace en el mundo imprudente tanto ruido, extendióse y pasó adelante la publicidad, y las superioras que tenía eran amiguísimas de esto de exterioridades, y fuéronse empeñando con unos y otros seglares, y por haberles concedido a unos, no se les negaban a otros.


»Diome aviso de esto un enfermo, que estaba loco, que vino al convento a verme, y que para mí harto cuerdo fue, y fue mi amargura y dolor tal, que hice voto de no ir a recibir a Nuestro Señor sin encerrarme en la comulgatoria. Pedí un candado fuera de casa, púsele y me encerraba; y lo podía hacer porque comulgaba sola por las muchas enfermedades que tenía yo. Otras veces, que me quitaban la llave, bebía el jarabe o medicina para que no me obligasen a recibir a Nuestro Señor; juzgando por mejor carecer de este consuelo, que no que se hiciese una imprudencia tan grande, como mostrarme a todos los que concurrían, que sólo de oír el ruido de los que eran me desmayaba; reprendíanme ásperamente y me decían era desobediente, y por obedecer me rendía».
[5]


Ella misma, muchos años más tarde, cuando contaba con más experiencia y conocimiento de los caminos del Señor, se referirá con ciertas reservas a los sucesos de aquellos años.


Ante las quejas de la interesada, intervino el Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner fin a aquellas exhibiciones. Por orden de dicho Provincial ella misma pidió a Dios le quitara todas las exterioridades, y Dios se lo concedió. Ocurrió esto en 1623.


«El modo que tuve de quitar esta publicidad -dice la Venerable- fue que, armada de fe y de esperanza, fui al Señor y, postrada ante su Ser inmutable, le dije no me había de levantar hasta que me concediese quitarme todas las exterioridades en público, y que los beneficios que me había de hacer fuesen a solas; y al prelado, que era el Padre Fr. Juan de Villalacre, Provincial, le supliqué pusiese censuras a las religiosas para que, estando recogida, no me manifestasen a los seglares. El prelado lo hizo lindamente, y el Altísimo desde aquella hora me mudó el camino y me puso en otro, del cual era menester escribir mucho para declararle. Dilatóme
grandemente la capacidad del entender y las potencias y sentidos para que, con
la grande admiración del mucho conocimiento, no perdiese los sentidos, y
más conocía en este estado en un instante que en todos los
sucesos de los tres años» (RA 120).


A partir de esta fecha, la vida mística de la Venerable, aunque más elevada, será oculta, sin estas repercusiones exteriores.


La novedad del cese de aquellos fenómenos produjo no pequeña impresión en las monjas y dio lugar a varios pareceres. Para muchas el cese de ahora hacía sospechoso todo lo de antes. Ella callaba. Sólo a su madre natural le habló alguna vez, porque la veía contristada por este motivo.


A estos años de las exterioridades pertenecen también los supuestos viajes de la Venerable a evangelizar a los indios de Nuevo Méjico. Cuando muchos años más tarde Sor María fue sometida a interrogatorio por los calificadores de la Inquisición, la mayoría de las preguntas giraron en torno a esos supuestos viajes de la monja a América, afirmados en un Memorial que se difundió mucho y del que es autor Fr. Alonso de Benavides, Custodio de Nuevo Méjico, que vino a España en 1630 y estuvo en Ágreda. Pero de este proceso diremos algo más abajo.


El mismo año de 1623 volvieron a Burgos las primitivas fundadoras, y en su lugar se trajeron de Madrid, del convento del Caballero de Gracia, otras tres monjas, también en calidad de fundadoras. Estas sí eran de las Concepcionistas descalzas. Estas segundas fundadoras gobernaron el convento por cuatro años. En 1627 pareció a los superiores religiosos que convenía nombrar abadesa a la Venerable, y así lo hicieron, aunque aún no había cumplido veinticinco años.


Sor María guardó siempre muy buen recuerdo de las monjas del Caballero de Gracia por su labor como educadoras de la nueva fundación. Se conservan cartas de la Venerable a dichas religiosas. En ellas se revelan facetas altamente simpáticas de su personalidad: naturalidad, sencillez, carácter humano y afectuoso, etc.[6]


ABADESA


Durante once años, o sea hasta que se cumplieron los veinte desde la fundación del convento, fue Sor María abadesa por nombramiento de los superiores religiosos. Después que se concedió derecho de elección a la Comunidad, fue elegida trienio tras trienio, hasta su muerte. Sólo una vez consiguió la interesada, recurriendo al Nuncio Rospillosi, que no se diese la dispensa para reelegirla nuevamente, y así estuvo un trienio, de 1652 a 1655, sin ser abadesa.


El gobierno de la Venerable fue mezcla de prudencia, suavidad y eficacia, un medio entre el nimio celo y la demasiada blandura. [7] Estuvo treinta y cinco años al frente de la Comunidad.


También en lo temporal se conoció la eficacia de su gobierno. En el primer año de su cargo decidió edificar nuevo convento, fuera de los muros de la villa y cerca del convento de los franciscanos. Lo comenzó con tan pocos medios, que sólo disponía de cien reales, que le prestó un devoto. La construcción tardó siete años. Lo hizo muy capaz, con hermosa iglesia y todas las oficinas necesarias. La traslación de las monjas al nuevo convento se verificó en 1633 y se celebró con gran pompa. Cuando en el interrogatorio inquisitorial se Insinuó a la Venerable que había violado el voto de clausura con sus viajes a las Indias, ésta respondió con gracia que ella no abía salido de la clausura más que una sola vez, y ella en procesión, al
trasladarse del convento viejo al nuevo.


Cuando Sor María entró a gobernar, no llegaban las rentas a sustentar doce religiosas. A su muerte quedó renta fija para sustentar a treinta y tres.


En 1652 el convento concepcionista de Ágreda se convierte a su vez en convento fundador. La Venerable cede cuatro de sus religiosas para una nueva fundación concepcionista en Borja (Zaragoza). Existen cartas de la Venerable a la nueva Comunidad, que han sido publicadas recientemente.[8]


LOS DIRECTORES
ESPIRITUALES


Dada la parte importante que los confesores y directores espirituales jugaron en la vida espiritual de la Venerable, parece obligado detenerse en este punto. Sor María fue un alma poseída durante toda su vida de un «excesivo temor» (RA 20). Temor de errar, de extraviarse. Por ello se asió firmemente a la obediencia, a la dirección de los representantes de Dios. «Jamás -dirá ella- me he aquietado sin este norte».[9] Al director manifestaba toda su conciencia, las gracias y favores del Señor, y nada obraba sin su aprobación y consejo. En el monasterio de Ágreda se conservan todavía inéditas las Sabatinas, o sea las cuentas de conciencia que cada sábado daba por escrito al director. Tenía muy metida en el alma la frase del Señor en el evangelio: «Quien a vosotros oye, a mí oye; quien a vosotros obedece, a mí obedece».


Huelga decir que todos sus directores y confesores, así como sus superiores eclesiásticos, fueron de la Orden Franciscana, pues las religiosas estaban sujetas a la jurisdicción de los superiores religiosos de la Orden a la que pertenecían o a la que estaban adscritas; y la Orden de la Concepción, casi desde sus mismos inicios, se puso bajo la tutela de la Orden de San Francisco.


Durante el noviciado tuvo un confesor que a todas sus peticiones de permiso para hacer penitencias contestaba con un «no». Sor María ponderaba después el bien que la hizo.[10]


Durante el período de las exterioridades tuvo varios confesores, cuyos nombres conocemos por sus respuestas al interrogatorio inquisitorial. Helos aquí: el ya citado Fr. Juan de Torrecilla, Fr. Juan Bautista de Santa María y Fr. Tomás Gonzalo.


Con la intervención del Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner orden en las cosas de la Venerable comienza un largo período de veinticuatro años en que es dirigida por el P. Francisco Andrés de la Torre. Este Padre la dirigió, pues, desde 1623 hasta 1647, año en que él murió. Durante su mandato, Sor María escribió por primera vez la Mística Ciudad; en alguna ausencia suya, por indicación de otro confesor accidental, la quemó, volvió a rehacerla parcialmente, a la muerte de él la volvió a quemar, etc.[11] Samaniego nos informa que el rey Felipe IV quiso nombrar Obispo a este Padre, pero él renunció por atender mejor a la dirección de la Venerable.


En las cartas de Sor María al rey hay constancia de órdenes que le daba este Padre respecto a consultar al cielo ciertos asuntos o consignar noticias con visos de sobrenaturales.[12] También en la Mística Ciudad, como es sabido, hay constancia de consultas que hacía a Dios o a la Virgen por orden del confesor.


Después de la muerte de este director estuvo por algún tiempo sola, o sea sin director. Es en este tiempo cuando se queja al rey de que la Orden Franciscana no guarda secreto de sus cosas como debiera.[13]


Fue también ahora, en este "interregno" de director, cuando fue sometida al interrogatorio inquisitorial. En carta al rey alude al hecho y hace referencia a los sucesos de su juventud sobre los que versó principalmente dicho interrogatorio:


«En mi negocio no hay novedad más que lo que escribí a V. M.; cuando me vino aquella visita me hallé tan sola y sin consejo, que me pareció forzoso acudir al amparo del Prelado, que es el P. Manero. El Señor me envió este trabajo cuando no hay confesor ni religioso ninguno que sepa mi interior, por haberse muerto los que se le había comunicado. Por cuenta del Altísimo y de la Reina del cielo he puesto mi defensa; si quieren que padezca, gozosísima abrazaré la cruz. Por lo que a V. M. amo y estimo, le quiero declarar que, por sola la bondad de Dios, me hallo libre la conciencia y voluntad en las materias espirituales, aunque no sin temor de si he errado, como mujer ignorante y por haber comenzado el camino de la virtud y a señalarse la misericordia de Dios conmigo siendo muy
niña».[14]


Por fin, el mismo año de 1650 entra
a dirigirla el P. Andrés de Fuenmayor, que la dirigió hasta la
hora de la muerte. De éste dice ella que está contenta, porque
guarda secreto:


«Mi confesor partió ya a su jornada; es muy docto y ha tenido dos veces el oficio de Provincial, y lo que me consuela es que guarda grande secreto en mis cosas».[15]


Bajo la dirección de este Padre se encontraba Sor María cuando, por orden suya, escribió la redacción definitiva de la Mística Ciudad. El P. Fuenmayor sobrevivió bastantes años a su dirigida, escribió una vida de ella y deposiciones testificales, que existen manuscritas.


CORRESPONDENCIA EPISTOLAR
CON EL REY


No hay duda que uno de los episodios más simpáticos de la vida de Sor María es el de sus relaciones con el rey Felipe IV, con quien mantuvo correspondencia epistolar por espacio de más de veinte años (1643-1665). Desde luego que las relaciones de Sor María con el rey de España no son más que un capítulo, el más importante si se quiere, en el conjunto de las múltiples relaciones y de la variadísima y dilatada correspondencia epistolar que sostuvo la Venerable con
múltiples personajes de su tiempo. Sor María escribió
cartas a Papas, Reyes, Generales de Órdenes religiosas, Obispos, nobles
y a toda clase de personas de la Iglesia y de la sociedad. Aun dando por descontado que mucha de esta correspondencia se ha perdido, no puede uno menos de admirarse al considerar el volumen, la extensión, la calidad y variedad de su actividad epistolar y literaria. Bien pudo hablar Sandoval de «Un mundo en una celda». Pero vengamos al tema de su correspondencia con Felipe IV.


En julio de 1643 Felipe IV se detiene en Ágreda, de paso para Zaragoza. Visita a Sor María y le propone su idea de mantener correspondencia con ella. El rey le escribirá a media margen, a fin de que la contestación de la monja vaya en el mismo pliego. Y, según lo acordado, a los pocos días le escribía el rey desde Zaragoza su primera carta. Así se inició esta célebre correspondencia, que no se iba a truncar sino con la muerte de la Venerable. La edición de Silvela consta de 614 cartas, de las cuales 314 son de la monja, y el resto, del rey.[16]


¿Qué buscaba Felipe IV cuando llamó a las puertas de aquel monasterio? Ayuda sobrenatural, sin duda, pues que los medios humanos y naturales le iban faltando por momentos. El panorama de la monarquía española era inquietante:
Cataluña sublevada, guerras y reveses con Francia, Flandes, Italia, Portugal; falta de medios y recursos para atender a tantos "empeños"... El rey acababa de apartar de sí al omnipotente valido conde duque de Olivares, a quien la opinión popular culpaba de todos los desastres. Pero solo y sin valido, el abúlico Felipe IV ¿qué podía hacer? La conciencia le decía también que con su vida desarreglada tenía a Dios ofendido. En semejante aprieto acude, pues, a un alma santa, confiando que con sus oraciones, valimiento ante Dios, luces y consejos, le ayudará a salir de aquel laberinto.


Sor María no defraudó las esperanzas que el rey depositara en ella. Con fidelidad y perseverancia ejemplar fue contestando a las cartas reales y desplegando por este medio una verdadera labor de reeducación cristiana del monarca; al mismo tiempo, no deja de darle consejos atinados en cuestiones de orden político o militar que el monarca le expone. Así, por ejemplo, en un momento en que el rey se sentía tentado a hacer caso omiso de los fueros de Aragón, Sor María le advierte que no lo haga por nada del mundo.[17] Cuando el rey quería
hacer extensiva a Aragón la jurisdicción de la Inquisición, Sor María le aconsejó aplazase este asunto, por ser inoportuno en aquellos momentos; lo esencial entonces era conseguir la cooperación aragonesa, para lo cual había que alejar los puntos de fricción.[18] Después de reconquistada Barcelona, la monja le aconseja que ponga allí ministros que se avengan bien con los naturales, etc.[19] Silvela ha llegado a decir que la monja de Ágreda, con su clarividencia e instinto, salvó la unidad de España en aquella hora verdaderamente crítica y decisiva.[20]


En el orden internacional, alentó al
rey a hacer las paces con Francia. Y, efectivamente, tuvo el consuelo de ver
logrado este objetivo al firmarse la Paz de los Pirineos. Sor María
tiene una preocupación constante y general por aconsejar la paz. No le
cabe en la cabeza que por poseer una plaza mueran tantos hombres redimidos por
Cristo: «Por defender cosas terrenas, plazas o reinos (que viene a
importar poco los tengan unos u otros) se derrama tanta sangre de cristianos,
mueren millares de millares de hombres, gastan los reyes sus haciendas, tienen
a los pobres vasallos oprimidos, llenos de tributos...».
[21]


La preocupación por los pobres, el transmitir al rey las quejas, vejaciones y trabajos de éstos, es otra de las constantes que se advierten en estas cartas. Incluso llega a decir que el estado eclesiástico siente poco la necesidad de la paz, porque a él no le alcanzan las consecuencias de la guerra, que tanto afligen a los pobres.[22]


Según parece, más de una vez se sintió Sor María desalentada y tentada de suspender aquella correspondencia, sobre todo viendo la poca enmienda del rey (cosa que a ella no se le ocultaba, pues estaba al corriente de las cosas de la Corte); pero le sostuvo un fuego de amor o ardor, que ella creía infuso, y que le impelía a trabajar por aquella monarquía, cuya causa veía identificada con la de Dios y la de su Iglesia.


El rey, por su parte, casi constantemente
repite en sus cartas el alivio que recibe con la correspondencia de Sor
María, el gozo con que se toma el trabajo de escribirle, la dicha que
supuso para él el haberla conocido, la pena que siente cuando la monja
tarda en contestar, etc. Sin duda, lo que confortaba y conmovía al rey
era sobre todo el ver la íntima compenetración y el sincero
interés con que aquella alma de Dios se afanaba por su bien y por la
causa de su monarquía. Véanse algunos pasajes:


«En todas las cartas que me
escribís hallo nuevos motivos de agradecimiento, pues reconozco con
claridad el amor que me tenéis y los deseos tan vivos de mi mayor bien,
así espiritual como temporal. Esto me alienta mucho en medio de los
cuidados con que me hallo, que es gran alivio en ellos saber que se tiene quien
los desea aminorar y quien lo procura por tan seguro y cierto camino, como el
de la oración».[23]


«Con mucho gusto he recibido vuestra
carta, como me sucede con todas las que me escribís, y en verdad que no
encubren el amor que me tenéis y lo que deseáis mis aciertos,
pues todo lo que me referís en ellas lo declara bastantemente. Yo os lo
estimo y agradezco mucho, y vuelvo a encargaros continuéis esta buena
obra que me hacéis, lo cual espero me ha de valer mucho; y no os
descuidéis en trabajar ni os desanime el juzgaros tan humilde
instrumento, pues Dios quiere más a éstos que a los
soberbios».[24]


«Harto deseo tuve la semana pasada de
responder a vuestra carta, pero no me fue posible por concurrir muchos negocios
al tiempo de partir la estafeta; sentílo mucho, porque no hay mejor rato
para mí que el que hablo con vos, en la forma que es posible.
Estímoos y agradézcoos mucho, Sor María, cuanto me
decís y el afecto y deseo que mostráis de mi mayor bien, en que
reconozco cuán fina y verdadera es la amistad que profesáis
conmigo, pues cualquier renglón de vuestra carta lo está diciendo
a voces y, particularmente, las santas y verdaderas doctrinas que me dais en
ellas, encaminado todo a mi salvación, que es el único fin a que
debemos aspirar».[25]


Un rasgo que delata la finura de alma de
Sor María es el absoluto desinterés con que sirvió al rey.
Queremos decir que nunca se aprovechó de sus relaciones con él
para recabar ventajas temporales a favor suyo, de su convento o de sus
familiares. A lo que parece, el hermano mayor de la Venerable, Francisco, quiso
valerse del influjo de su hermana para llegar a ser Obispo; incluso
llegó a tener una audiencia con el rey. Sor María, que no pudo
hacerle desistir de sus intentos, avisa de antemano al rey de la visita;
dícele que le dé buenas palabras y le despida, pero sin tomar en
serio sus pretensiones.[26]


EL EXAMEN DE LA
INQUISICIÓN


En las páginas anteriores hemos
aludido varias veces al interrogatorio inquisitorial a que fue sometida la
Venerable. La Inquisición española abrió proceso por
primera vez en el asunto de la Venerable en 1635. Pero por entonces parece que
se limitó a hacer algunas preguntas a diversos testigos e informantes,
quedando la cosa en suspenso durante muchos años.


Pero en 1649 se reanuda el examen. Al
trinitario P. Antonio Gonzalo del Moral se le manda ir a Ágreda como
calificador del Santo Oficio e interrogar a la Venerable ante notario a base de
un cuestionario de ochenta preguntas, la mayoría de las cuales se
refieren a sus supuestos viajes a Indias. Sor María reconoce que en
aquellos años de las exterioridades, como había oído
hablar de la evangelización de los indios, creía a veces ser
llevada allí y que les predicaba; pero siempre abrigó dudas sobre
la realidad de tales hechos. Por otra parte, Benavides y otros Padres
respetables dieron el hecho por inconcuso y le hicieron firmar el famoso
Memorial. Le amedrentaron diciéndole «que podía caer en la
herejía de Pelagio, atribuyendo a la naturaleza lo que era
sobrenatural». «Me rendí -dice ella- más a la
obediencia que a la razón». En las respuestas de la Venerable vemos
el juicio que muchos años después tenía ella formado sobre
el período de las exterioridades. Al decir ella a los confesores los
favores que le hacían los ángeles, le ordenaban por obediencia
que preguntase los nombres de dichos ángeles, y dijo algunos,
etc.


Por lo que del interrogatorio se deduce,
todo esto de los viajes a Indias se originó de una carta del P.
Francisco Andrés de la Torre, director de la Venerable, al Arzobispo de
Méjico, dan Francisco Manso de Zúñiga, en la que le
decía que averiguase si en Nuevo Méjico sabían de una
monja que andaba haciendo conversiones. Más tarde vino de allí
Fray Alonso de Benavides diciendo que, efectivamente, había sido vista,
y dando detalles. Este redactó un Memorial que fue difundido
ampliamente. Al preguntarle el calificador a Sor María por qué
firmó el Memorial de Benavides, contestó que cuando firmó
estaba turbada, que puede afirmar que casi firmó lo que no sabía,
y pensaba que ella erraba y ellos acertaban: al verse ante tantos Padres graves
no supo hacer otra cosa. Añadió que los frailes y las monjas
dispusieron el cuaderno como quisieron, y de su información temerosa
hicieron poco caso. Decían que tenía temores imprudentes y
escrupulosos.


En fin, agregó Sor María que
acerca de esta cuestión de su ida a Indias más de una vez
pensó hacer una declaración verdadera por escrito, viendo
cuán variamente hablaban, y en algunas cosas abultaban la verdad; pero
creyendo que el tiempo lo olvidaría puso todo su cuidado en quemar los
papeles que había hecho.


El calificador Fr. Antonio Gonzalo del
Moral, trinitario, cierra el expediente haciendo una declaración sobre
el alto concepto que se ha formado de la interrogada y excusando el asunto de
la ida a Indias por las circunstancias en que todo aquello se
escribió.


Cabe preguntar qué es lo que
movió a la Inquisición a proseguir ahora una causa que durante
muchos años había estado semiolvidada. Parece que la
ocasión fue la siguiente: el duque de Híjar había estado
procesado por conjuración contra el rey, y durante el proceso
presentó, a modo de descargo, una carta de la Venerable. También
el P. Monterón, franciscano, había sido puesto en prisión
porque en sus sermones hablaba de revelaciones que anunciaban desgracias al
rey. De hecho, en el interrogatorio se le preguntó a la Venerable sobre
sus relaciones con el duque de Híjar y con el P. Monterón.[27]


ÚLTIMA ENFERMEDAD Y
MUERTE


La Venerable fue siempre de salud delicada
y padeció diversos achaques y enfermedades. Silvela ha contado las
sangrías de que ella hace mención en sus cartas, y resultan
setenta y una en el espacio de catorce años. En carta de 19 de noviembre
de 1660 habla al rey de que ha padecido una grande enfermedad, ha echado sangre
por la boca, etc. En la de 6 de junio de 1661 habla de vahídos de cabeza
que le quitan la vista y le dan congojas mortales, etc.HREF="#[28]">[28]


La última enfermedad, según
el biógrafo,[29] fue ocasionada
por una fiebre y una apostema en el pecho. Fueron once días en total los
que tuvo que guardar cama. En todos ellos sirvió de edificación
general a las religiosas, a las que, por insinuación del confesor, y
viendo que lloraban amargamente, habló en estos términos al
momento de recibir la extremaunción:


«"Hermanas, no hagan eso; miren
que no hemos tenido otro trabajo y que se deben recibir con igualdad de
ánimo los que Dios envía; si Su Majestad quiere que nos
apartemos, cúmplase su santísima voluntad. Lo que yo les ruego es
que sirvan al Señor guardando su santa ley, que sean perfectas en la
observancia de su regla y fieles esposas de Su Majestad, y procedan como hijas
de la Virgen Santísima, pues saben lo que la debemos y es nuestra Madre
y Prelada.[30] Tengan paz y concordia
entre sí y ámense unas a otras. Guarden su secreto,
abstráiganse de criaturas y retírense del mundo: déjenlo
antes que él las deje. Desengáñense de las cosas de esta
vida y trabajen mientras tienen tiempo; no aguarden a este lance último
cuando impide tanto el gravamen de la enfermedad y postración de la
naturaleza. Cumplan con sus obligaciones, que con eso tendré yo menos
purgatorio de tantos años de prelada. Si procedieren así
recibirán del Señor la bendición, y yo se la
doy".


»Entonces, levantando la mano y
formando sobre ellas la señal de la cruz, dijo: "La virtud, la
virtud, la virtud les encomiendo".


»Luego fueron llegando sucesivamente
una después de otra a pedirle en particular su bendición, y a
cada una dio la amorosa Madre las advertencias y consejos que en particular le
convenían, cuya eficacia y acierto maravilloso cada una, en lo que a
sí toca, testifica».[31]


Fue asistida en los últimos momentos
por el Provincial Samaniego y por el mismo General de la Orden, P. Salizanes,
que yendo de camino a Santo Domingo de la Calzada para presidir el
capítulo que tenían que celebrar las provincias de Burgos y
Cantabria, se desvió a Ágreda y así pudo estar presente en
la muerte y exequias de la Venerable. Murió ésta el día de
Pentecostés, 24 de mayo de 1665, a la hora de tercia. A sus exequias
concurrió numeroso gentío, pues era generalmente estimada. A los
pocos meses, como si la falta de su fiel y sincera amiga le hubiera abatido,
moría también Felipe IV.


El monasterio de la Concepción de
Ágreda, a los tres siglos de estos hechos, mantiene vivo y operante el
recuerdo de la Venerable. Dentro de sus muros se conservan religiosamente
numerosos objetos relacionados con ella. Desde luego, los ocho libros de la
Mística Ciudad, autógrafos, y profusión de otros
escritos y documentos. El cuerpo de la Venerable, depositado en una preciosa
urna, y el de su madre, Catalina de Arana. La tribuna adonde se retiraba. La
celda que habitó, con dos ventanas, una hacia el Moncayo y otra hacia al
Norte. El hábito franciscano que llevaba por dentro, además del
de su Orden Concepcionista. Casullas bordadas por ella, etc., etc.
Efectivamente, Sor María fue de reconocida pericia y habilidad para
labores de manos y entendía en achaques de paños y telas, como lo
evidencia en la Mística Ciudad al hablar del vestido que con
sus manos hiló y tejió la Virgen para el Niño Jesús
(MCD, P. II, n. 686).


Sor María, como tantos otros casos
relevantes de la espiritualidad cristiana, es la realización más
cumplida de aquella paradoja evangélica según la cual de la
muerte brota la vida; de la contemplación, la acción; y la prueba
fehaciente de que la vida escondida en Cristo es el resorte más poderoso
del verdadero amor al prójimo.


Sobre la Mística Ciudad de
Dios
dice su autora en su parte III, cap. 23, n. 791: «Esta divina
Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de
mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este
medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su
beatísima Madre, que por muchos años me lo ha mandado; y aunque
toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra
que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su
mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia
católica romana, a cuya censura y enseñanza, como hija suya,
protesto estar sujeta, para creer y tener sólo aquello que la misma
santa Iglesia nuestra Madre aprobare y creyere y para reprobar lo que
reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir.
Amén».


* * *


N O T A S


[1]
Relación autobiográfica (incompleta), editada por
Eduardo Royo en el tomo V de la Nueva edición de la Mística
Ciudad de Dios
bajo la dirección de Santiago Ozcoidi y Udave
(Barcelona, 1914), p. 39. Siempre que citemos la Relación
autobiográfica
nos referiremos a esta edición. [Y en
adelante la citaremos como: RA, añadiendo el número de la
página].


[2]
Cf. Vida de la Venerable, escrita por Samaniego, editada por
Carlos Seco Serrano en Biblioteca de Autores Españoles,
Epistolario Español, t. V, p. 275.


[3]
Cf. C. Seco Serrano, o. c., Estudio Preliminar, t. IV, p.
XXXIV. Samaniego, Vida de la Venerable, t. V, p. 279.


[4]
Cf. carta de la Venerable a Sor Ana de San Antonio, publicada por Seco
Serrano
, t. V, apéndice III, p. 237.


[5]
RA 120. Cf. también Samaniego, Vida de la Venerable,
VIII; en Seco Serrano, t. V, p. 287.


[6]
Pueden verse en Seco Serrano, o. c., t. V, p. 237ss.


[7]
En la Mística Ciudad de Dios hay repetidas alusiones a su
carácter blando e inclinado a complacer. La Virgen le advierte del
peligro que en ello puede esconderse. Vease, por ejemplo, Parte II, n.
774.


[8]
J. Campos, Cartas inéditas de la Venerable Sor María
de Jesús de Ágreda
, en Salmanticensis (1969)
635-666.


[9]
Carta de Sor María, publicada por Seco Serrano, t. V, apéndice
VII, p. 254.


[10] Samaniego, Vida de la Venerable, V, en
Seco Serrano, t. V, p. 282.


[11] Carta de Sor María, publicada por Seco Serrano,
t. V, apéndice VII, p. 255.


[12] Carta de 5-10-1646 (ed. Silvela, t. I, p. 162); carta de
18-1-1647 (ed. Silvela, t. I, p. 181).


[13] Carta de 20-8-1649 (ed. Silvela, t. I, p. 404): «No
hallo a la Religión tan cautelosa en esto, cuanto era menester para
ocurrir a los inconvenientes de este siglo».


[14] Carta de 11-3-1650 (ed. Silvela, t. II, p. 20).


[15] Carta de 9-9-1661 (ed. Silvela, t. II, p.
663-664).


[16] Existen dos ediciones completas de esta correspondencia:
la de Francisco Silvela y la de Carlos Seco Serrano. La primera, titulada
Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del
Señor Rey Don Felipe IV
, se publicó en Madrid en 1885 y
consta de dos tomos; la segunda es de 1958 y forma parte de la Biblioteca de
Autores Españoles, tomos 108 y 109.


[17] Cf. Cartas de 17-7-1645 (ed. Silvela, t. I, p. 48) y de
20-9-1645 (ed. Silvela, t. I, p. 78).


[18] Carta de 7-8-1646 (ed. Silvela, t. I, p. 148).


[19] Cartas de 5-2-1655 (ed. Silvela, t. II, p. 344) y de
9-11-1657 (ib., p. 502).


[20] Cf. el Bosquejo Histórico que precede a
la ed. de Silvela, p. 100-101.


[21] Carta de la Venerable al Papa Alejandro VII, publicada
por Seco Serrano, t. V, apéndice X, p. 266.


[22] Carta de 11-4-1659 (ed. Silvela, t. II, p.
573-574).


[23] Carta de 1-7-1647 (ed. Silvela, t. I, p.
311-312).


[24] Carta de 15-7-1648 (ed. Silvela, t. I, p.
315-316).


[25] Carta de 28-2-1661 (ed. Silvela, t. II, p.
543-544).


[26] Véanse las cartas de 30-7-1654 (ed. Silvela, t.
II, p. 313), de 14-8-1654 (ib., t. II, 318) y de 28-8-1654 (ib., p.
323).


[27] Acerca de la causa formada por la Inquisición a
Sor María, véase Nueva edición de la Mística
Ciudad de Dios
, Barcelona 1914, t. V, p. 416ss, donde pueden leerse muchas
de las respuestas de Sor María al interrogatorio, aunque no todas.
Acerca de la personalidad de Benavides, puede consultarse Oliger, De
Fr. Alphonso de Benavides Novi Mexici Missionario ( 1636)
, en
Antonianum (1946) 105-126. Sobre esta especie de la Madre
Ágreda evangelizadora, que sin duda fue fuente de inspiración y
de estímulo para legiones de misioneros, véase también
I. Omaechevarría, La Madre Ágreda entre los indios de
Texas
, en Celtiberia (1965) 7-22.


[28] Silvela, o. c., t. II, p. 608, nota 2; p. 635 y
p. 651.


[29] Nueva edición de la MCD, t. V, p.
509.


[30] La Madre Ágreda, al ser nombrada Abadesa por
primera vez, protestó que ella no quería ser sino Vicaria, y que
la Virgen sería la verdadera Abadesa y Prelada de la casa. A esto alude
el título de la Virgen Prelada.


[31] Nueva edición de la MCD, t. V, p.
506-507.


[De la Introducción a la
Mística Ciudad de Dios, Texto conforme al autógrafo
original, Madrid 1970, reimpresión en 1982, pp. XI-XXII. El P. Solaguren
añade una amplia y selecta bibliografía, pp. VC-CIV. Para
adquirir esta obra, acudir a: Convento de Religiosas Concepcionistas, 42100
Ágreda (Soria, España), teléfono 976 64 70 95]


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